Argentina
16 de octubre de 2025
En Rojas, provincia de Buenos Aires, se encuentra María Eugenia, la planta más grande del mundo en su tipo, donde se elabora un insumo central para la producción de maíz de toda la región.
La campaña 2025/2026 se perfila como una de las más prometedoras para el maíz en la Argentina. Con perfiles de suelo cargados de humedad y sin poblaciones alarmantes de chicharrita, se espera una fuerte expansión de la superficie sembrada. Pero ese crecimiento solo es posible si existe un insumo clave en cantidad y calidad: la semilla. Y en ese camino, la planta María Eugenia, que Bayer posee en Rojas, provincia de Buenos Aires, cumple un rol central. Se trata de la mayor procesadora de semillas de maíz del mundo y, desde 1994, un emblema de tecnología y calidad.
Cada bolsa de semilla que llega a manos de los productores es el resultado de un proceso minucioso que combina ciencia, precisión y el trabajo de cientos de personas en distintas etapas: desde el cruzamiento en el campo hasta el tratamiento industrial y el embolsado final.

La genética, en el campo
La producción de semillas de maíz comienza mucho antes de que un camión ingrese a la planta. Juliana Cirulli, supervisora de producción de semillas de Bayer, acompaña a los multiplicadores durante todo el ciclo, desde la siembra de las líneas parentales hasta la cosecha.
Ella explica que, a diferencia del maíz comercial, la semilla híbrida se genera mediante el cruzamiento de dos líneas: la parental hembra y la parental macho. Ese esquema obliga a una siembra perfectamente sincronizada, ya que el éxito depende de que el polen de la línea macho fecunde a las espigas de la hembra en el momento exacto.
La siembra, realizada en distintas fechas y bajo estricta supervisión, se enfrenta a desafíos climáticos permanentes: la temperatura y las lluvias pueden adelantar o retrasar labores críticas. “Sembrar hoy o mañana marca la diferencia en la calidad genética del híbrido”, explica Cirulli.
Cuando se aproxima la floración, llega la etapa de despanojado, que consiste en la remoción de la inflorescencia masculina de las plantas hembra. Esta práctica, realizada de forma mecánica y luego con un repaso manual, evita la autofecundación y asegura que el cruzamiento se produzca exclusivamente con el polen del parental macho. Se trata de un momento crítico, tanto por su incidencia en la calidad genética como por las condiciones ambientales, ya que suele coincidir con períodos de lluvias.
Tras la floración y polinización, se eliminan las plantas macho mediante picado, porque ya cumplieron su función. Luego, se monitorean de manera constante las humedades de las espigas hembra para definir el momento exacto de cosecha. La especialista explica que, a diferencia del maíz destinado a grano, el maíz semilla se recolecta con un 30-33% de humedad, que es cuando la semilla alcanza su máxima calidad fisiológica.

Llegan los camiones a la planta
Con la cosecha terminada, comienza la fase industrial en la planta María Eugenia. Entre diciembre y enero llegan los primeros camiones cargados de espigas. Cada unidad es monitoreada con geolocalización para garantizar la trazabilidad desde el lote.
El primer paso es el deschalado, que consiste en retirar mecánicamente la chala que envuelve la espiga, un procedimiento que se realiza con la semilla aún húmeda para minimizar pérdidas. Luego, las espigas pasan a grandes celdas de secado, donde se reduce la humedad del 30% inicial a un 12% con el que quedan aptas para el almacenamiento.
El siguiente es el desgranado: las semillas se separan del marlo por fricción, y el material limpio se almacena en silos a granel. En esta instancia conviven semillas de distintas formas y tamaños, a la espera de la siguiente etapa.
“En plena campaña, la magnitud del trabajo impresiona: la planta procesa entre 17.000 y 21.000 toneladas de espigas por semana y puede recibir hasta 160 camiones en un solo día”, comenta el líder de procesos de planta María Eugenia, Luis Casaccia. Luego cuenta que a partir de febrero aproximadamente comienza la segunda etapa del proceso de planta, cuyo objetivo es convertir ese maíz en bruto en una semilla lista para sembrar.
Primero se realiza la clasificación, separando las semillas por tamaño, espesor y largo, hasta obtener 16 categorías distintas. Esta división es crucial ya que las sembradoras modernas requieren uniformidad para asegurar precisión en la implantación. Luego se pasa al acondicionamiento, con equipos ópticos, de densidad y de aire que eliminan semillas dañadas o con defectos invisibles a simple vista, como huecos generados por insectos.
Una vez seleccionadas, las semillas reciben el tratamiento industrial: una combinación de fungicidas, insecticidas, productos biológicos y polímeros que las protegen durante la etapa más vulnerable, la preemergencia en el campo.
Con la semilla lista, llega el momento del embolsado. Casaccia detalla que Bayer ofrece bolsas con cantidades fijas de 80.000 o 60.000 semillas, para lo cual la planta cuenta con dos líneas de embolsado automatizadas, que incluyen costura, impresión de datos, etiquetado legal y controles de peso. Luego, las bolsas son paletizadas, protegidas con film y almacenadas en cámaras frías hasta su distribución. En promedio, se producen 19.000 bolsas de semillas por día.
Una instalación modelo y de puertas abiertas
En la planta María Eugenia trabajan cerca de mil personas, entre ingenieros, técnicos y operarios, que hacen posible que cada bolsa reúna lo mejor de la genética de Bayer y llegue en tiempo y forma a los productores.
Quienes deseen conocer este proceso en primera persona pueden participar de la iniciativa Experiencia María Eugenia, un programa de visitas guiadas que permite recorrer la planta más grande del mundo en procesamiento de semillas de maíz.
Así, desde la sincronía en el campo hasta la automatización en el embolsado, cada semilla de maíz es el resultado de un entramado donde convergen innovación, control de calidad y pasión por la agricultura.